Su partitura escrita de segundos
el tiempo como un acordeón tocaba,
y hubo algunos que nunca descubrimos
que en sus fuelles, ariscos se ocultaban.
No vimos el luto de un eclipse,
ni se vio el firmamento desangrado;
Currumín morocho cuando fuiste,
a ofrecerte currículo en la mano.
No se vio el cielo abriéndose en la calle
que en la acera, nosotros orillamos;
sólo vimos el record que marcaste
al cruzar esta vida, este obstáculo.
Fuiste un Moisés abriendo corazones,
con tímidos milagros cotidianos;
un mesías de pueblo, sin sermones,
que en su ejemplo trataba de enseñarnos
que la felicidad es algo simple,
te la brinda el prójimo al brindarnos;
y es ingenuo dudar que Dios existe,
si en uno mismo es Dios que está actuando.
Tan mansa y erosiva como un río,
tu vida dejó estigmas de su paso.
Fuiste Botones de ambo y de barbijo,
recepcionando vida entre tus manos.
Esos niños, que al filo de tus ojos,
Recibían el mundo con su llanto;
cuando partes, al filo de los suyos,
no te dirán adiós sino llorando.
Porque llorando estrenan sus pulmones,
se empieza a respirar por propia cuenta;
como al nacer, estamos sin opciones
más que seguir sin vos, sin tu tutela.
Como a los huérfanos recién paridos,
no nos pondrán en boca los pezones,
pero enseñando el pecho del destino,
nos hicieron un mapa tus acciones.
Fue la fe tu último paciente,
respirando del aire que expirabas;
porque a vos te espera un paraíso,
si no lo había, te lo inauguraban...
y no será un adiós definitivo;
porque vos, como siempre, estás de guardia;
sonrisa, maletín, aguja e hilo;
atendiendo emergencias de esperanza…
Chivi - 2004
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