domingo, 14 de abril de 2013

Los Ferrari Rubios


Siempre que hablamos de don Ricardo Ferrari me viene el recuerdo de estas dos historias de hace muchos años atrás (como 30 años….que lo parió), de las cuales fuimos parte protagonistas.

Estábamos con mi hermano Juan y mi hermana Eugenia disfrutando de unos días de vacaciones en la casa de la querida familia Ferrari, cuando se organizó un viaje a Paso de los Libres, a modo de paseo y para salir un poco de la ciudad. Aprovechando la amplitud de la nueva y reluciente camioneta Mercedes Benz, el batallón entero –los Ferrari, los tres Cambiano, la tía Pepa y Margarita- partió con rumbo este hacia Libres.

Una vez en Paso de los Libres, cómo no aprovechar el viaje para ir de compras a Uruguayana. Y como nosotros éramos los invitados, no nos iban a dejar fuera del convite. Eso sí, había un pequeño detalle: no teníamos nosotros un permiso escrito de nuestros padres que nos permitiera salir del país.

Pero eso no amedrentó a don Ricardo, así que decidieron que tres de los Ferrari se quedarían en Libres, en la casa de un familiar, y nosotros usaríamos los documentos de ellos. Así, sin más, Uge, Juan y yo pasamos a ser parte de la familia Ferrari….eso sí, un poco más rubios.

Así fue que, llegando al paso fronterizo que se encuentra en el medio del puente, se acercó un gendarme. Fue un alivio ver que era alguien conocido de Ricardo, quien lo saludó efusivamente por la ventanilla: “Cómo está chamigo?”, dijo Ricardo. “¿Cómo está doctor Ferrari? Va a pasear con la familia?”, le contestó esta persona. Y mientras se hacía un poco a un costado como para dejarle ver hacia adentro, poniendo su mejor cara de jugador de truco, le dijo sin ponerse colorado: “Efectivamente, vamos con la familia”.
El pobre hombre miró hacia adentro, y apenas pudo disimular su sorpresa mientras Ricardo se sonreía pícaramente, como quien sabe que hace una travesura: ahí estábamos nosotros tres, en medio de todos, poniendo nuestra mejor sonrisa, los “nuevos” miembros de la familia, …los Ferrari rubios.


La celda quedará para otra ocasión

Esta historia tiene que ver con lo que siguió a lo contado en el relato anterior (Los Ferrari rubios).
Pasamos sin problema a Uruguayana, y llegó el momento de las compras. Nosotros mucho no compramos, pero parece que las mujeres del grupo estaban entusiasmadas.

Empezó a pasar el tiempo, las mujeres no aparecían, y don Ricardo empezó a ponerse nervioso. Empezó con un “no quiero que se haga de noche”, siguió con “estas mujeres no paran de comprar, y después tenemos que pasar con todo por la aduana”. Pasaban los minutos y don Ricardo se iba poniendo más nervioso.
El tiempo pasaba, y ya resignado dijo: “Se hace de noche, hemos comprado mucho más de lo permitido para pasar, y encima, tengo tres chicos que saqué del país sin permiso de los padres. Voy a ir preso, voy a ir preso”, repetía.

Finalmente, ya de noche, subimos todos a la camioneta y partimos hacia el puente. Ricardo no dejaba de repetir “Voy a ir preso, voy a ir preso”.
Para peor, se había largado una fuerte lluvia, y la luz estaba cortada en el puente, lo que lo hacía un poco tenebroso. Cuando finalmente llegamos a la altura del puesto fronterizo argentino, y cuando todos estábamos expectantes, bajo la lluvia salió una persona del puesto y, medio a los gritos, dijo: “Qué llevan en el auto?” Y de golpe…el milagro: la cara de Ricardo cambió por completo, y con una gran sonrisa dijo: “¿Por qué tanto nervio? ¿No me reconoces? Soy Ricardo Ferrari”. Era un conocido suyo, que sin decir mucho más, nos dejó pasar.

Y fue así que don Ricardo recuperó su tonalidad habitual. Ya no iba a ir preso.

Mariano Luis Cambiano 




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